Japón en el banquillo: ¿leyenda urbana o verdad certificada?

Trenes que piden perdón, islas gobernadas por gatos, wasabi que no es wasabi. Japón acumula fama de país imposible, y arriba tiene el juego para separar la verdad del cuento: dicte veredicto sobre cada leyenda, real o mito, antes de que el reloj lo haga por usted.

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Se abre la sesión

Señoras y señores del jurado: Japón lleva décadas acumulando fama de país imposible. Que si trenes que se disculpan por segundos, que si islas donde mandan los gatos.

Parte de esa fama es cierta. Otra parte es puro cuento repetido en cadena, y este tribunal está cansado de verlo circular sin contraste.

Hoy me toca hacer de fiscal. Mi trabajo es presentar cada creencia como lo que es, un caso abierto, exponer las pruebas y pedirle a usted un veredicto: real o mito.

Arriba tiene el estrado, que aquí llamamos juego. Debajo, la vista oral con las pruebas de cada caso.

Viví años en Japón y le adelanto una pista procesal: los casos más disparatados suelen ser los verdaderos.

Procedamos.

Caso n.º 1: los profesionales del empujón

La acusación sostiene que en el metro de Tokio hay empleados cuya función consiste en empujar pasajeros hacia el interior del vagón.

Las pruebas: se llaman oshiya, literalmente "empujadores", y actúan en hora punta en algunas estaciones desde los años 50. Guantes blancos y técnica depurada.

Los vi trabajar más de una vez y aquello no es violencia, es logística fina: compactan personas con la delicadeza de quien cierra una maleta que ya no cierra.

Veredicto: REAL. El error típico es imaginar que ocurre en todo el metro a todas horas. No. Es hora punta y estaciones concretas. Pero ocurre, y nadie se ofende.

Caso n.º 2: la propina fantasma

Se afirma que en Japón se deja propina en los restaurantes, como en media Europa o en Estados Unidos.

Las pruebas apuntan en dirección contraria: la costumbre no existe, y dejar dinero de más puede resultar confuso o directamente incómodo.

No es raro que un camarero salga a la calle persiguiendo al cliente para devolverle "las monedas olvidadas". Me pasó. La escena es tan educada como absurda.

Veredicto: MITO. El buen servicio en Japón viene de serie, no se paga aparte. Guárdese el cambio y despídase con una sonrisa, que ahí sí aciertan todos.

Caso n.º 3: las islas ocupadas por animales

Este sumario contiene dos cargos. Primero: que existe una isla llena de conejos. Segundo: que hay "islas de gatos" donde los felinos superan en número a los humanos.

Sobre el primero, la prueba tiene nombre y apellido: Ōkunoshima, en el mar Interior, habitada por cientos de conejos mansos que reciben al visitante como si fuera el catering.

Sobre el segundo, el ejemplo más citado es Aoshima, donde llegaron a contarse unos 100 gatos para menos de diez vecinos. Diez. Allí la mayoría absoluta tiene bigotes.

Veredicto: REAL en ambos cargos. A veces la realidad japonesa no necesita que nadie la exagere.

Caso n.º 4: el tren arrepentido

La afirmación suena a chiste de sobremesa: una línea de tren pidió perdón público por salir 20 segundos antes de la hora.

Pruebas: ocurrió en 2017. La compañía del Tsukuba Express emitió una disculpa formal y la noticia dio la vuelta al mundo, casi siempre acompañada de incredulidad.

Dentro de Japón levantó muchas menos cejas: la puntualidad ferroviaria se trata como un contrato con el pasajero, no como una aspiración simpática.

Veredicto: REAL. Quien haya perdido un tren por cinco segundos en Tokio sabe que aquello va muy en serio.

Caso n.º 5: el impostor verde

Cargo grave, casi de fraude alimentario: la mayoría del "wasabi" que se sirve no es wasabi, sino rábano picante teñido.

Las pruebas condenan sin paliativos. El wasabi auténtico es caro y escaso, un cultivo delicado que no da abasto.

Casi todo lo que llega en tubo o en bolita junto al sushi, dentro y fuera de Japón, es imitación a base de rábano.

El de verdad, rallado al momento, se comporta distinto: sube a la nariz, se despide rápido y no arrasa la lengua.

Veredicto: REAL. Fraude confeso y universalmente tolerado. Esto casi nadie lo sabe hasta que prueba el original, y entonces ya no hay vuelta atrás.

Caso n.º 6: las máquinas que "nos superan"

La leyenda dice que en Japón hay más máquinas expendedoras que personas.

Los números del sumario:

Cuando uno se cruza con una expendedora iluminada en mitad de un arrozal entiende de dónde nace el rumor. Pero de ahí a superar a la población va un trecho enorme.

Veredicto: MITO. La maniobra es clásica: se toma un dato asombroso y verdadero, y se hincha hasta que revienta.

Caso n.º 7: el sushi de cada día

Se sostiene que los japoneses comen sushi casi a diario.

Pruebas de descargo: el sushi es comida de ocasión. La mesa cotidiana se parece más a un cuenco de arroz con sopa de miso y algún plato casero sin pretensiones.

Nadie desayuna nigiri un martes cualquiera, igual que nadie come paella o tacos todas las noches del año.

Veredicto: MITO. Confundir la carta del restaurante con la nevera de casa es un clásico en cualquier país.

Casos resueltos por confesión

No todos los expedientes necesitan vista oral. Estos se cerraron rápido porque las pruebas eran aplastantes:

Caso n.º 8: suplantación de identidad

Última pieza del día y la más traicionera del juego: personajes e inventos que medio mundo jura que son japoneses, o que jura que no lo son.

La fiscalía ha visto perder más partidas aquí que en todo lo anterior junto.

Sonic parece americano hasta en el peinado, y es de Sega, empresa japonesa.

Tetris huele a videojuego japonés de los 80 y lo programó Alekséi Pázhitnov en Moscú en 1984; Japón "solo" lo volvió planetario con la Game Boy.

La galleta de la fortuna, que cualquiera colocaría en un restaurante chino de película americana, apunta a un origen bien distinto: un dulce de santuarios de Kioto.

Y el ramen, plato bandera donde los haya, desciende de fideos chinos llegados hace un siglo. Japón lo reinventó por completo, pero la partida de nacimiento no es suya.

¿Quiere más? El sudoku tiene nombre japonés y padre estadounidense: Howard Garns publicó el pasatiempo moderno en 1979.

Hello Kitty es de Sanrio desde 1974, aunque la empresa insiste en que no es una gata sino una niña londinense (el jurado puede tomarse un momento para procesarlo).

Y el karaoke lo popularizó Daisuke Inoue en los años 70 sin patentarlo jamás, decisión que a estas alturas debe escocer una barbaridad.

Aquí no dicto un veredicto, dicto catorce. Es la pieza donde el juego menos perdona: lo que suena extranjero resulta japonés, y lo que parece japonés nació fuera.

Y el expediente sigue engordando. La instrucción acaba de incorporar una segunda remesa de sospechosos, así que tome nota también de estos.

El código QR parece un invento sin patria, y la tiene muy concreta: lo creó el ingeniero Masahiro Hara en la japonesa Denso Wave en 1994, para rastrear piezas de autos.

El rickshaw se asocia con India, pero nació en Japón hacia 1869 y desde 1873 se exportó al resto de Asia.

El glutamato (MSG) arrastra fama de aditivo de comida china. Lo aisló Kikunae Ikeda en Tokio en 1908, a partir del caldo de alga kombu.

El reiki suena a terapia occidental de catálogo, y lo creó Mikao Usui en Japón hacia 1922. A Occidente llegó a través de Hawái en 1937.

Hasta el palo selfie tiene partida de nacimiento japonesa: lo patentó Hiroshi Ueda, de Minolta, en 1983, décadas antes del boom de los selfis.

En el banquillo contrario se sienta la tempura: la técnica llegó con los portugueses en el siglo XVI, y el nombre viene del latín "témpora", los días de ayuno.

El sushi de salmón fue idea de Noruega en los años 80, para venderle su salmón a un Japón donde ese pescado no se comía crudo.

El budismo zen nació en China hacia el siglo VI, como la escuela chan; a Japón no llegó hasta siglos después.

Y el bonsái desciende del penjing chino, documentado desde la dinastía Tang. Japón lo adoptó y lo hizo famoso, que no es poco, pero la semilla venía de fuera.

La moraleja no cambia: en esta pieza, el pasaporte casi nunca coincide con el acento.

Instrucciones al jurado

Con esto concluye la exposición de la fiscalía. Suba al estrado y dicte sentencia.

Un consejo de quien ha presenciado muchos de estos juicios: desconfíe de lo que suena razonable. En Japón, lo razonable suele ser el mito y lo disparatado suele venir con sello oficial.

Preguntas desde la sala

¿Puedo ver a los oshiya si viajo a Tokio?

Sí, pero hay que ganárselo: madrugue y plántese en una estación concurrida en plena hora punta laboral. No están en todas las estaciones ni a todas horas, así que verlos tiene algo de avistamiento de fauna urbana.

Si no se deja propina, ¿cómo agradezco un buen servicio?

Con palabras y gestos. Un "gochisōsama deshita" al salir de un restaurante (algo así como "gracias por el festín") vale más que cualquier moneda y se recibe con una sonrisa genuina.

¿Se pueden visitar la isla de los conejos y las islas de gatos?

Sí. A Ōkunoshima se llega en ferry y está preparada para visitantes. Aoshima es otra historia: minúscula y con servicios casi inexistentes, así que conviene revisar horarios de barco y llevar de todo. En ambas, la norma es respetar a los animales.

¿El wasabi de imitación es un timo peligroso?

No, es rábano picante con colorante, perfectamente comestible. La diferencia es de matiz y de precio. Si quiere probar el auténtico, búsquelo rallado al momento en restaurantes de cierto nivel; se nota desde el primer bocado.

Se levanta la sesión. Si el cuerpo le pide más casos, el reto diario renueva expedientes cada 24 horas, el de yōkai sienta en el banquillo a los monstruos del folclore y el de precios pondrá a prueba su ojo para el yen.